Getsemaní no es solo un barrio histórico de Cartagena,
es memoria viva, identidad colectiva y una forma de habitar la ciudad que se ha construido a lo largo de generaciones.
Sus calles, su arquitectura patrimonial y, sobre todo, su gente, conforman un tejido urbano profundamente humano, donde la tradición convive con una intensa dinámica turística. Entendimos desde el inicio que cualquier intervención en este contexto debía partir del respeto, la escucha activa y la integración real con la comunidad.
Ante este escenario, junto a San Francisco Investments, la Fundación Santo Domingo y la agencia GUIDOULLOA, diseñamos una estrategia basada en un principio claro:
El desarrollo urbano solo es verdadero cuando incluye y beneficia a quienes habitan el lugar.
Entendimos que cualquier proyecto en un contexto patrimonial como Getsemaní debía ir más allá de la obra física y asumir un compromiso real con la comunidad. Por ello, planteamos un proceso que priorizara la escucha activa, la transparencia y la construcción de confianza, integrando las voces del barrio como parte fundamental del desarrollo. Esta visión nos permitió transformar una tensión inicial en una oportunidad de diálogo, demostrando que es posible articular crecimiento urbano, conservación patrimonial y bienestar colectivo.
A través de entrevistas, encuentros cercanos y recorridos por el barrio, recuperamos historias, tradiciones y memorias que forman parte del patrimonio inmaterial de Getsemaní. Cada edición se construyó con fotografías reales de sus habitantes, de sus espacios cotidianos y de su vida diaria.
Aunque no se trata de un proyecto arquitectónico en sentido formal, El Getsemanicense se convierte en una herramienta clave de mediación urbana, acompañando un proceso de intervención patrimonial de gran escala.
Desde la comunicación, contribuimos a que la arquitectura no se percibiera como una amenaza, sino como una oportunidad de integración, conservación y desarrollo compartido.
Con la finalización del hotel, cerramos una etapa y abrimos otra.
Junto a los líderes del barrio y las instituciones aliadas, creamos El Legado de El Getsemanicense, una edición especial que marcó el cierre del proceso editorial.
Este legado se materializó en una plataforma digital accesible desde el espacio público, mediante placas instaladas en las calles del barrio, integradas respetuosamente a su arquitectura patrimonial y conectadas a través de códigos QR.
Hoy, estas placas permanecen en Getsemaní como un archivo vivo, un puente entre el pasado y el presente, donde la memoria colectiva sigue activa y disponible para habitantes y visitantes.
El Getsemanicense no es un punto final.
Es una huella urbana, social y cultural que demuestra que cuando los proyectos se hacen con sensibilidad, dejan impactos que trascienden el tiempo.


